Una reflexión sobre el hacer montaña

01/01/2023
Cordada

Hay muchas maneras distintas de vivir la montaña. Es un debate que tenemos a menudo: ¿Quién vive la montaña más intensamente, el que lo da todo o el que sabe disfrutar con poco?

¿Es el atleta que lleva las piernas, el corazón y la cabeza hacia el límite en un kilómetro vertical, o el caminador que, sin ningún objetivo fijo, se para a los pies de un lago a contemplar las vistas? ¿Es el escalador que diariamente visita la misma pared dejando piel y sangre en la roca hasta conseguir encadenar el número y la letra que le ha perseguido durante meses, o el buscador de setas que, al apartar un arbusto de boj, se le hace la boca agua pensando en el arroz que cocinará con el boletus precioso que acaba de encontrar? No nos ponemos nunca de acuerdo.

La superación mental y física contra el goce inocuo. La obsesión por los minutos y los segundos contra la pérdida del sentido del tiempo. La persecución de la gloria y la fama contra la búsqueda de la soledad y la desconexión total. Valores opuestos, situaciones paradójicas, sensaciones antónimas: cada cual va a la montaña por un camino diferente. 

Y encontramos que la respuesta fácil y rápida es enaltecer las élites en detrimento del practicante casual: a priori, parece que el grado de una gran actividad alpina o el cronómetro de una carrera espectacular sean más intensos que una paseada de domingo. Yendo más allá, conceptos como el dominguerismo se usan para criticar e incluso avergonzar a todas aquellas personas que no explotan la montaña según los preceptos y los ritmos de quienes lo dan todo. ¿Pero alguien pone realmente en entredicho que la muchedumbre de gente que se reúne cada Semana Santa en l'Estany de Sant Maurici para ver montañas nevadas no esté disfrutando igual que el que las sube? 

Un recurso que se usa a veces para explicar fenómenos del mundo de la montaña es recurrir a otros deportes: del mismo modo que todo el mundo sabe que los veintidós jugadores que corren de punta a punta del Camp Nou persiguiendo una pelota ante decenas de miles de personas están cumpliendo el sueño de su vida, nadie duda que el grupo desorganizado y llamativo de niños y niñas de primaria que día sí, día también se amontonan en una pista pequeña de una escuela pequeña intentando hacer gol mientras comen un bocadillo están pasando un rato increíble igualmente. Y lo mismo pasa en la montaña: quizás el grito de alegría de la escaladora que encadena un 9a resuena más fuerte que las dudas de quienes se ha atado a una cuerda por primera vez en la vida y no ven claro donde poner la mano, pero lo que importa es el continente y no el contenido. Camp Nou o patio de escuela, todo el mundo disfruta cuando juega a fútbol. Norte del Cervino o Ibones de Anayet, todo el mundo disfruta cuando va a la montaña.